martes, 24 de abril de 2012

Otoño sin sol

Cuando la luna no me acompaña, y las estrellas se duermen junto a ella, frescas gotas aprovechan la noche para emprender un incierto camino hacia un destino irrevocable.
A veces amontonadas resbalan ante mi mirada  pobre, otras solo buscan escurrirse entre algunos rincones ocultos en la trama de mi tejido, mientras que las más arriesgadas, o las con menos suerte, deportistas gotas futboleras, se aferran a mis rodillas ágiles que intentan como artista de cancha en Mundial, esquivar uno a uno los obstáculos citadinos que me separan, no por mucho tiempo, de aquel maravilloso monstruo con ruedas que solemos llamar transporte público.
Tropezando con mis palabras, enredada entre mis tristezas, y pisando paso a paso mis pensamientos confusos, una risa tentadora se cuela en la noche para arrancarme de ese camino irrefrenable, al cual las pobres gotas no pueden huir.
Y aunque a veces sueñe con ser tan leve, pequeña e invisible como ellas, agradezco despertar a tiempo para encontrarme en sus ojos en un camino irremediablemente incierto, y certeramente atractivo.